16.30hs estoy en Boedo y México, con miedo de que el Pendejo nunca llegue. Efectivamente, unos minutos después, recibo un sms que dice 'llego menos cuarto o a las 5'. Sabía que eso podía pasar, es impuntual y también aprendí a no esperar nada de él. No pude evitarlo y sobre la calle México dejé unas lágrimas llenas de angustia, de esa angustia que traía de hace días sumada a la que me provocaba saber que soy una ilusa al esperar algo de él, más si eso implica puntualidad.
Después de las 17hs -hora acordada para ensayar- aparece, con un winco entre las manos. Apenas lo suelta sus palabras son 'chiquita, venga un abrazo', nuestros cuerpos se entrelazaron por unos minutos, y desde ese momento no podemos dejar de mantenernos en contacto durante casi las siguientes 7 horas.
Sentir su cuerpo me llena de energía y toda la tristeza que tengo encima desaparece. En un momento nos miramos a un metro de distancia, me pregunta si le tengo miedo, le contesto que un poco. Le digo que me gustaría verlo cada tanto, él responde 'me too', '¿entonces por qué no lo hacemos?', 'no sé, la vida.' A pesar de su respuesta carente de contenido, esa simple aclaración me relaja mucho, y de pronto estoy sonriéndolo sin miedo, más abierta. Es que me acabo de animar a cruzar la barrera que dice que nuestro vínculo es meramente sexual y casual.
Nos besamos y mimamos mucho, al igual que lo hacíamos meses atrás, cuando estabamos entregados el uno al otro.
Me pregunto si realmente nos veremos fuera del contexto de teatro. No lo sé, dije que aprendí a no esperar nada de él, pero además de unas ganas terribles, tengo ilusiones de verlo.
¡No se lo digan a nadie!
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